sábado, 6 de octubre de 2012

ÚNICA Y ESPECIAL

Hace unos siglos, la amistad entre la Luna y Polaris estuvo a punto de terminar. Todo empezó cuando un juglar le cantó a la Luna y despertó, así, la envidia de su amiga. ¡Era la protagonista del firmamento, cambiaba de fases y además, la componían canciones! ¡Era demasiado! Desde ese momento, los celos de Polaris crecieron y empezó a discutir con la Luna por tonterías: le recriminaba la suciedad de sus rayos, que jugaba demasiado con las nubes o que no proyectaba bien la luz del Sol. Mientras, la Luna aguantaba pacientemente, pues pensaba que su amiga superaría sus complejos y pronto, volvería a ser la de siempre. Pero noche tras noche, Polaris se volvía más enojona y triste. Hasta que una noche, dejó de brillar sin más. Alarmada, la Luna fue a ver al Sol, pues es quien más sabe de luz en todo el cielo. - Mientras Polaris te envidie, no brillará- respondió categóricamente el Sol. Durante sus fases de luna llena, nueva y menguante, la luna pensó cómo mostrar a su amiga su valía. Pero no fue hasta su cuarto creciente, cuando tuvo una idea y fue en busca de Polaris dispuesta a devolverla su luminiscencia. Lo primero que le mostró, fue el caos de su constelación. Sus hermanas estrellas se resbalaban de un lado a otro mientras trataban de no caerse a la Tierra. Apenas la vieron, preocupadas, le preguntaron sobre su salud, pues si no se recuperaba, todas ellas se precipitarían, irremediablemente, por el tobogán que comunica el Cielo con la Tierra. Polaris se sintió tan querida e importante que sonrió y se iluminó tenuemente. Después la llevó al mar. Deambularon de barco en barco y en todos, los marineros llamaban y buscaban a Polaris en la extensa oscuridad para que les mostrase el camino hacia el Norte. Ninguno era capaz de hallarla y ansiosos se preguntaban dónde se habría escondido su amada estrella guía. Polaris se sintió tan querida e importante, que se le calentó el corazón y lanzó un refulgente destello. Por último, visitaron un hermoso jardín donde una niña jugaba a ser Polaris, la reina del Polo Norte. Y la estrella se sintió tan querida e importante, que centelleó como los fuegos artificiales. Así fue cómo Polaris aprendió que no debía envidiar a la Luna, pues ella poseía cualidades que la hacían única y especial.

* Cuento publicado por un Café con Literatos en Febrero 2012.