viernes, 31 de agosto de 2012

EL KEN, ARCOIRIS

Andaba servidora enredando en esos trances de la farándula por motivos que no viene al caso explicar, cuando me he topado con la imagen de cierto actor conocido por estas tierras y más allá y cuyo nombre callaré por respeto. Total, todo el mundo tiene derecho a tener un mal día con el armario. El zagal no milita precisamente en las filas de los feos y para ser sinceros, tampoco en los del montón. Vamos, que pertenece a esos homínidos que las mujeres miran una, dos, tres y varias veces mientras suspiran con aire soñador y canturrean el “If I was a pretty girl...”. O al menos, eso hacen hasta que el susodicho cae mansamente en las garras de algún estilista que le jura por a calavera de Quasimodo, que le va a dejar como un príncipe. El asunto comienza por un corte de pelo y se completa con una excursión con un personal shooper que remata la “obra maestra”. El resultado es un Ken embutido cual chorizo en una americana pequeña con las mangas arremangadas, una camiseta que está bien para ir al gimnasio y unos pantalones que no mirarías dos veces, si no fuese porque tanto colorido convierten al susodicho en la versión del Ken, Arcoiris. De los complementos mejor no hablar porque no está bien hacer leña del árbol caído. Resumiendo y para entendernos con un bonito símil: el chico pasa de ser un “Ecce Homo” en toda regla, a ser una restauración hecha con muy buena voluntad, pero ruinoso resultado.

Y sí, puede que sea una clásica que no entiende de moda, pero a mí me disculpan si no digiero bien el estilo Ken, arcoiris que tanto gusta en ciertos sectores de la moda.

viernes, 17 de agosto de 2012

EL LEGADO

A mi tatarabuela Kika por su maravilloso legado fotográfico.

Dos fotografías tamaño A5 y la historia de su tripa de cordero fueron todos los retazos que recibimos de su existencia. A priori, un legado extravagante y cercano a la ciencia ficción. Pero tan cierto, como que la realidad supera a la ficción. Quizás por eso, por lo irreal de su realidad, su trozo de intestino de cordero y sus fotos pasaron de generación en generación, enmarcadas en la colección de grandes anécdotas de la saga familiar. Según contaban mi abuela, y antes de ella mi bisabuela, la leyenda de mi tatarabuela Kika comenzó con una lapidaria frase pronunciada por Don Manuel Escalante, el médico del pueblo. El galeno, quien ejercía también como veterinario, era un hombre guapo, con planta de torero y famoso por ser tan delicado como un cactus florecido de espinas. Don Manuel apreciaba la sinceridad y la exigía. Para él, era la cualidad que distinguía a los hombres de verdad de los meros botarates, parlanchines y buenos para nada en ese exacto orden. Consideraba los adornos y subterfugios lingüísticos una completa perdida de tiempo y por eso, no se detuvo en consideraciones melindrosas cuando le soltó, a bocajarro, un parco: “Señora, se le pudren las tripas“. A Kika, con la impresión, se le aflojó una risa histérica y desesperada, que el médico soportó con resignación, mientras limpiaba sus anteojos con montura de plata. Cuando quedó vacía y al borde del llanto, Don Manuel comenzó a hablarle del tratamiento. Su única posibilidad de salvación, pasaba por someterse a una intervención quirúrgica, aún en fase experimental, que se practicaba en la capital desde hacía ya unos cuantos meses. El sencillo procedimiento consistía en suplantar la parte dañada de los intestinos de Kika por los de un cordero cualquiera, sin más requisito, que el de ser una res sana. Si no se presentaban complicaciones, dos semanas y a casa. La otra opción: la muerte garantizada. Como era de esperarse, Kika optó por la menos mala. No porque pensase que era mejor, o que con ella fuese a burlar a la muerte. La batalla ya la tenía perdida, de eso era muy consciente, pues por mucho que se lo jurase cualquier doctor, no concebía la idea de que Dios permitiese a ningún hombre transformarse en animal. Y mucho menos, vivir como un híbrido. Si aceptó que la abriesen y la convirtiesen en mitad bovino, fue por la vana esperanza de ganar un poco de tiempo y así, poder cumplir su último deseo: tener una fotografía suya. Una imagen que perdurase en el tiempo y con la que asociar la casa, la media hectárea de tierra de labranza, los pendientes y la medalla de la Virgen del Carmen que constituían todo su patrimonio terrenal. Por aquel entonces, la fotografía era un lujo caro y extravagante, practicado sólo por ricos y por gente de dudoso linaje pero con la cartera repleta de duros. Kika no pertenecía a ninguno de los dos. Provenía de una familia de gente del campo, obsesionados con acumular animales; ahorrar hasta la última peseta para comprar unos metros más de tierra en la que plantar más hortalizas y con la que alimentar más bestias; y para la que una fotografía, era sinónimo de capricho y de dinero malgastado. Por eso se calló el antojo y sólo les contó, a su marido y a sus siete hijos, el dictamen médico. La noticia de su enfermedad sacudió la tranquila existencia de la familia, transformándola en un ir y venir de planes y cálculos frenéticos. Tanto fue el apuro, que apenas cuatro días después del aterrador diagnóstico, ya estaban los ahorros sacados de la viga del pajar; la cirugía programada para finales de la semana siguiente y el pasaje de tren de Santander a Madrid comprado. Tan sólo faltaba el último detalle y ese, corría por cuenta de Kika. Un día antes de tomar el tren que la llevaría a su cara o cruz con la vida, salió de su casa, sin despedirse, rumbo al estudio fotográfico de Sollet. La noche anterior, hostigada por una pesadilla, cambió de planes y decidió hacerse la foto antes de la operación por miedo a que la muerte frustrase su deseo. Para estar a la altura de la posteridad, se enfundó el traje y el abrigo de los domingos, se recogió el cabello castaño en un moño bajo y siguiendo un impulso de pura coquetería, se dio el leve toque de rubor en las mejillas, que junto a los pendientes, constituían el único artificio añadido a su apariencia real. El de Sollet era un estudio fotográfico dividido en tres estancias. La primera estaba a la vista de los transeúntes a través de los vitrales del escaparate. Kika la conocía de memoria. A menudo se detenía a observar el rectilíneo y austero mostrador de castaño, las paredes llenas de retratos anónimos, el sillón de terciopelo verde botella en el que se sentaba la clientela y el cortinón que, a juego con el sillón, servía para ocultar la magia con la que se atrapaba cada trozo de tiempo impreso en las fotografías. La segunda estancia la descubrió ese mismo día y superó con creces sus expectativas. Se trataba de una habitación diminuta y funcional, en la que el orden impuesto evitaba la sensación de asfixia y dotaba al cuarto de una ilusoria atmósfera onírica. Al fondo, estaba emplazado el escenario donde posaban los clientes y en el extremo opuesto, separada por escasos metros y alzada sobre un trípode, reposaba la cámara de fotos. En la pared Sur, se abría la puerta a la tercera sala del estudio que desempeñaba, a la vez, las funciones de laboratorio y almacén. Y en la del Norte, formados en una perfecta fila, descansaban apoyados los fondos paisajísticos que Sollet usaba para crear ambientes. El propio Sollet se los mostró a Kika uno a uno. Ante sus ojos pasearon templos griegos, jardines botánicos, bosques encantados, paisajes bucólicos y hasta fondos claroscuros al más puro estilo Caravaggio. Sin embargo, Kika eligió un fondo blanco y limpio de distracciones porque consideró, que a sus descendientes, lo único que habría de importarnos sería ella. Tomó asiento en la silla que el asistente de Sollet sacó del almacén, giró su cuerpo levemente hacia la izquierda y mostró al futuro su cara huesuda de frente amplia, fortificada por su alargada nariz, adornada con unos ojos caídos llenos de ternura y rematada por una sonrisa dulce esbozada, sutilmente, por sus prácticamente inexistentes labios. Ese segundo regalado, es el que tres generaciones más tarde nos contempla desde la pared de la escalera. El resto de su historia es breve de contar. Viajó a Madrid, le trasplantaron un cacho de tripa de cordero y dos semanas después, regresó a Santander con el alivio de saber que sería enterrada en su pueblo natal. Vivió apenas unos meses más porque el intestino de cordero se pudrió con el resto del suyo. La segunda foto se la tomó semanas antes de que las contracciones mortuorias la encontrasen sembrando lechugas en la huerta. Su rostro es el de una mujer demacrada y cansada, con la mirada fija en el más allá, pero dispuesta a dejar a sus herederos su último legado en forma de consejo. Porque cada vez que me detengo en la escalera y contemplo esa fotografía, en mi cabeza, un eco lejano me grita: “¡Jamás permitas que un intestino de cordero usurpe ni un gramo de los tuyos!”.

Cuento publicado en la revista NABUART titulada "Perfiles" (número 1, año 2011) www.nabuart.com